Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes y ríos cristalinos, un niño llamado Leo. Leo tenía 8 años y amaba jugar al aire libre con su mejor amiga, Sofía. Juntos, construían casas de hojas, perseguían mariposas y exploraban el bosque que quedaba justo al final de sus casas.
Un día, mientras caminaban cerca del río, Leo y Sofía notaron algo preocupante. El agua del río, que solía ser tan clara que podían ver los peces nadando, ahora estaba llena de basura. Había bolsas plásticas, botellas y latas flotando. Los peces parecían tristes y apenas nadaban.
—¡Oh no! —exclamó Sofía, mirando el desastre. —¿Quién habrá hecho esto? —preguntó Leo, frunciendo el ceño.
Los dos decidieron investigar. Se sentaron en una roca grande junto al río para pensar. De pronto, escucharon un suave susurro.
—¡Ayúdenme! —dijo una voz pequeña.
Leo y Sofía miraron alrededor, pero no vieron a nadie. Entonces, notaron algo increíble: un pequeño duende verde, del tamaño de una manzana, se asomó entre las ramas.
—Soy Eco, el guardián del bosque —dijo el duende con una voz dulce pero preocupada—. El río y el bosque están en peligro porque la gente ha olvidado cómo cuidar el medio ambiente. ¿Me ayudarían a salvarlos?
—¡Claro que sí! —respondieron los niños al unísono.
Eco los guió hacia un árbol enorme en el corazón del bosque. En sus ramas colgaban pequeños frascos que brillaban como estrellas. Cada frasco contenía una misión especial para proteger el medio ambiente.
—Para salvar nuestro río y bosque, deben completar tres misiones —explicó Eco mientras abría el primer frasco.
Misión 1: Recoger la basura
Dentro del frasco había un papelito que decía: “Recojan la basura del río y clasifiquen los desechos”.
Leo y Sofía tomaron bolsas grandes y comenzaron a recoger la basura del río. Mientras trabajaban, encontraron cosas curiosas: una botella con un mensaje viejo, una pelotita amarilla y hasta un zapato roto.
—Mira, Sofía, podemos separar lo que es plástico, metal y vidrio —dijo Leo. —Sí, y así podemos reciclar —respondió ella.
En unas horas, el río comenzaba a lucir limpio otra vez. Eco apareció y les regaló una medalla dorada con un grabado de un árbol.
—¡Buen trabajo! Ahora abran el siguiente frasco.
Misión 2: Plantar árboles
El segundo frasco contenía semillas y un papel que decía: “Planten árboles para dar sombra y oxígeno al bosque”.
Eco los llevó a una parte del bosque donde había árboles caídos y tierra seca.
—Cada árbol que planten hará que este lugar vuelva a ser hermoso —dijo Eco.
Los niños cavaron pequeños hoyos y plantaron las semillas. Después, las regaron con agua de una pequeña fuente cercana. Eco les explicó que los árboles tardarían en crecer, pero que su esfuerzo duraría muchos años.
Cuando terminaron, Eco les entregó otra medalla, esta vez con un grabado de un río.
—¡Están haciendo un trabajo maravilloso! Ahora queda la última misión.
Misión 3: Enseñar a los demás
El último frasco decía: “Compartan lo que han aprendido con su comunidad”.
—Pero, ¿cómo haremos eso? —preguntó Sofía. —¡Con creatividad! —respondió Eco, guiñándoles un ojo.
Los niños organizaron un evento en la plaza del pueblo. Crearon carteles coloridos que decían: “Cuidemos nuestro río” y “Planta un árbol, salva el planeta”. También hicieron una obra de teatro en la que representaron a peces felices y tristes para mostrar cómo afecta la basura al agua.
La gente del pueblo se reunió y escuchó con atención. Muchos prometieron ayudar a cuidar el medio ambiente. Algunos ofrecieron bolsas reciclables, y otros se comprometieron a plantar más árboles.
Un final feliz
Eco observó todo desde una rama alta de un árbol. Cuando el evento terminó, se acercó a Leo y Sofía.
—Gracias a ustedes, el bosque y el río tienen una nueva oportunidad. Pero recuerden, cuidar el medio ambiente es una tarea de todos los días.
Eco les regaló su última medalla, que tenía grabado un sol radiante. Luego, desapareció entre las hojas, dejando una brisa fresca y un leve destello de luz.
Leo y Sofía se miraron y sonrieron. Sabían que habían hecho algo importante, no solo por el bosque, sino por todo el planeta. Desde ese día, siempre recordaron que los pequeños actos pueden hacer una gran diferencia.
Y así, con corazones llenos de esperanza, los dos amigos siguieron cuidando su bosque, inspirando a todos a su alrededor.
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Radhe – Autor de Cuentos Cortos
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